Algo profundo

Quizá por la bendita influencia de esa película titulada Garganta profunda, nos hemos acostumbrado a profundizar más de la cuenta. Profundos son los ojos, profunda la mirada, profundo el dolor, los sentimientos, y profundas las palabras, las emociones, la amistad. También profundo es el respeto. Se respira profundamente y algo es más dañino si afecta en lo más profundo del ser. Profundizamos para entrar en materia y se estudian los asuntos en profundidad. Profunda es la aversión y profundo el aprendizaje. Y si queremos llegar más profundo podemos alcanzar las profundidades abisales. Así que el adjetivo ha adquirido ese valor enfático, manido e innecesario como sucede con el adverbio «absolutamente», y poco a poco se desdibuja porque no hay nada más absolutamente profundo que el verdadero significado de las palabras mal utilizadas.

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Este sábado a las 10:00 horas en Bibliocafé… aprendemos con los grandes maestros de la literatura. Sus particulares modos de dialogar, narrar y describir. El uso de las palabras, de las frases y de los párrafos. Sus consejos. Los secretos de algunas obras que perduran años o siglos.

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EL NUDO GORDIANO

La primera vez me dio asco. Quizá por su aspecto general, tan repeinadito, tan como recién salido de un país de hadas. Creo que fue la segunda vez, cuando… cuando le vomité encima. Me provocaba una náusea insoportable el hedor mentolado de su aliento, nunca he soportado los alientos mentolados, o el perfume de frasco pequeño de su cuello o de los sobacos. Me desbaraté sobre él como una borracha, aunque ahora que lo recuerdo, creo que iba bastante borracha. Para qué negarlo. Lo que sí sé seguro es que la tercera vez no había bebido, tampoco había comido, así que no me quedaba nada en el estómago, todo iba bien, estaba en ayunas, con algunas ganas de desmayarme, eso sí, pero reprimiéndome, hasta que lo escuché hablar. Joder. Cómo hablaba. Decía: brainstorming y ratio, y absolutamente brainstorming y absolutamente ratio y en el entorno del ratio y en el entorno del brainstomirng, y paradigmático y también pantagruélico. Y no supe quedarme quieta sin escupirle. No era yo la que escupía. Digamos que se trataba de un trastorno pasajero mientras él no cesaba de decir palabras cuya única virtud consistía en ponerme nerviosa. Palabras insoportables cuyos fonemas se aliaban para provocar reacciones de rechazo. Implementación. Sistémico. Shoping. No, no Chopín. Shoping. Recepcionar. Freelance, hipster, gordiano, performance… ¿Cómo no iba a escupir? Me salía sin querer. Chip. Chip. Chip. Lo rocié de arriba abajo.

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La cuarta vez fue distinto. La cuarta no habló. Quizá escarmentado por la tercera vez. Solo miraba. Miraba como… como por encima de los ojos. De sus propios ojos. Como si salieran de las cuencas y botaran sobre la gente. Pim. Pom. Pim. Pom. Qué hijo de puta. Sí. La cuarta vez sentí el irrefrenable deseo de matarlo. De acabar con los ojos saltarines que parecían elevarse a kilómetros y kilómetros de distancia. Así que me acerqué a su cuello, comencé a apretar, a apretar y a apretar hasta que fue cambiando de color, del encarnado a esa lividez que precede a la muerte. Me dio la impresión de que deseaba hablar. Y en el mayor acto de piedad de mi vida, aflojé las manos. Pensé que diría algo así como: «Claridad meridiana o el florido pénsil», pero solo dijo: «Me das asco», y después vomitó y me escupió e intentó matarme. Y ese día, ese día… por fin comprendimos que había llegado el momento de casarnos.

Y así acaba el cuento.

El diálogo es el contacto directo de los personajes con el lector y, por ello, debemos aprovechar las posibilidades que ofrece. A menudo encuentro textos en los que el narrador se inmiscuye con acotaciones excesivas, muchas de ellas innecesarias. Me entran ganas de gritarle: «¡Aparta, narrador, ahora no es tu turno!», y es que matar la fuerza expresiva del diálogo con estas incursiones inoportunas me duele más que una mala digestión.

Además, el diálogo permite licencias que el narrador no puede permitirse habitualmente. Licencias que lo dotan de naturalidad. A modo de ejemplo:

  • Frases o palabras inacabadas: Ej.: —Si estuviera dispuesto… A veces pienso que no es la persona que, en fin, no…
  • Repeticiones: Ej.: —Sí. Es cierto. Cierto. Pero , pero…
  • Frecuentes signos enfáticos: exclamaciones, puntos suspensivos, interrogaciones…
  • Uso de interjecciones.
  • Frecuentes expresiones de duda: Ej.: —Quizá debería haber venido. No sé. La verdad, no sé.
  • Coletillas, expresiones y frases manidas propias del lenguaje coloquial.

Todas ellas restan formalidad al texto para emular de manera escrita la comunicación oral.

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Las modas

Acojonante vídeo de Air Suply. No hay que perderse la camisa con el tigre del cantante, los pasajes en el tobogán, los árboles y los columpios (¿a qué iban las parejas a los parques?) y el falsete final. Qué malas son las modas.  Y qué hijo puta el tiempo.