El diálogo es el contacto directo de los personajes con el lector y, por ello, debemos aprovechar las posibilidades que ofrece. A menudo encuentro textos en los que el narrador se inmiscuye con acotaciones excesivas, muchas de ellas innecesarias. Me entran ganas de gritarle: «¡Aparta, narrador, ahora no es tu turno!», y es que matar la fuerza expresiva del diálogo con estas incursiones inoportunas me duele más que una mala digestión.

Además, el diálogo permite licencias que el narrador no puede permitirse habitualmente. Licencias que lo dotan de naturalidad. A modo de ejemplo:

  • Frases o palabras inacabadas: Ej.: —Si estuviera dispuesto… A veces pienso que no es la persona que, en fin, no…
  • Repeticiones: Ej.: —Sí. Es cierto. Cierto. Pero , pero…
  • Frecuentes signos enfáticos: exclamaciones, puntos suspensivos, interrogaciones…
  • Uso de interjecciones.
  • Frecuentes expresiones de duda: Ej.: —Quizá debería haber venido. No sé. La verdad, no sé.
  • Coletillas, expresiones y frases manidas propias del lenguaje coloquial.

Todas ellas restan formalidad al texto para emular de manera escrita la comunicación oral.

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