EL NUDO GORDIANO

La primera vez me dio asco. Quizá por su aspecto general, tan repeinadito, tan como recién salido de un país de hadas. Creo que fue la segunda vez, cuando… cuando le vomité encima. Me provocaba una náusea insoportable el hedor mentolado de su aliento, nunca he soportado los alientos mentolados, o el perfume de frasco pequeño de su cuello o de los sobacos. Me desbaraté sobre él como una borracha, aunque ahora que lo recuerdo, creo que iba bastante borracha. Para qué negarlo. Lo que sí sé seguro es que la tercera vez no había bebido, tampoco había comido, así que no me quedaba nada en el estómago, todo iba bien, estaba en ayunas, con algunas ganas de desmayarme, eso sí, pero reprimiéndome, hasta que lo escuché hablar. Joder. Cómo hablaba. Decía: brainstorming y ratio, y absolutamente brainstorming y absolutamente ratio y en el entorno del ratio y en el entorno del brainstomirng, y paradigmático y también pantagruélico. Y no supe quedarme quieta sin escupirle. No era yo la que escupía. Digamos que se trataba de un trastorno pasajero mientras él no cesaba de decir palabras cuya única virtud consistía en ponerme nerviosa. Palabras insoportables cuyos fonemas se aliaban para provocar reacciones de rechazo. Implementación. Sistémico. Shoping. No, no Chopín. Shoping. Recepcionar. Freelance, hipster, gordiano, performance… ¿Cómo no iba a escupir? Me salía sin querer. Chip. Chip. Chip. Lo rocié de arriba abajo.

odietamo

La cuarta vez fue distinto. La cuarta no habló. Quizá escarmentado por la tercera vez. Solo miraba. Miraba como… como por encima de los ojos. De sus propios ojos. Como si salieran de las cuencas y botaran sobre la gente. Pim. Pom. Pim. Pom. Qué hijo de puta. Sí. La cuarta vez sentí el irrefrenable deseo de matarlo. De acabar con los ojos saltarines que parecían elevarse a kilómetros y kilómetros de distancia. Así que me acerqué a su cuello, comencé a apretar, a apretar y a apretar hasta que fue cambiando de color, del encarnado a esa lividez que precede a la muerte. Me dio la impresión de que deseaba hablar. Y en el mayor acto de piedad de mi vida, aflojé las manos. Pensé que diría algo así como: «Claridad meridiana o el florido pénsil», pero solo dijo: «Me das asco», y después vomitó y me escupió e intentó matarme. Y ese día, ese día… por fin comprendimos que había llegado el momento de casarnos.

Y así acaba el cuento.

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