El diálogo es el contacto directo de los personajes con el lector y, por ello, debemos aprovechar las posibilidades que ofrece. A menudo encuentro textos en los que el narrador se inmiscuye con acotaciones excesivas, muchas de ellas innecesarias. Me entran ganas de gritarle: «¡Aparta, narrador, ahora no es tu turno!», y es que matar la fuerza expresiva del diálogo con estas incursiones inoportunas me duele más que una mala digestión.

Además, el diálogo permite licencias que el narrador no puede permitirse habitualmente. Licencias que lo dotan de naturalidad. A modo de ejemplo:

  • Frases o palabras inacabadas: Ej.: —Si estuviera dispuesto… A veces pienso que no es la persona que, en fin, no…
  • Repeticiones: Ej.: —Sí. Es cierto. Cierto. Pero , pero…
  • Frecuentes signos enfáticos: exclamaciones, puntos suspensivos, interrogaciones…
  • Uso de interjecciones.
  • Frecuentes expresiones de duda: Ej.: —Quizá debería haber venido. No sé. La verdad, no sé.
  • Coletillas, expresiones y frases manidas propias del lenguaje coloquial.

Todas ellas restan formalidad al texto para emular de manera escrita la comunicación oral.

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DE REPENTE y de PRONTO

«De repente» y «de pronto», dos expresiones que de manera habitual se introducen en los textos de mis alumnos de escritura creativa. Dos llamadas con las que los autores reclaman la atención del lector, como si desearan advertirle de que algo va a suceder de inmediato. Dos recursos pobres para mantener la intensidad. Quizá, ese uso excesivo venga propiciado por cierta inseguridad en el proceso creativo. La idea subyacente de que lo escrito hasta el momento no ha despertado el interés necesario y por eso se requiere un cambio, el cambio radical que anticipa el «de repente». Me preguntaba un alumno ayer ante el diluvio de «de repentes y de prontos» a los que me vi sometido en los textos de esta semana, si se podía sustituir por «entonces». El «entonces» tan frecuente en las señoras mayores cuando cuentan sus historias al tiempo que nos dan golpecitos en el brazo. Pero el problema del «de repente y el de pronto», igual que el problema de ese «absolutamente» que se ha colado en todos los discursos, no es un problema de sustitución sino de eliminación. En la mayor parte de las ocasiones —me atrevería a decir que siempre—, el texto no pierde intensidad ni significado si se suprime. Hagan la prueba. Se darán cuenta de la inutilidad del recurso.

En una línea similar se encuentra el abuso de los puntos suspensivos y de las exclamaciones. Los puntos suspensivos son tres y se deben situar pegados a la palabra anterior y los signos de exclamación en castellano son el de inicio y el final. Se pueden combinar con los de interrogación, iniciando uno y cerrando otro según la tonalidad de la frase. Pero en ambos casos su exceso en la narración provoca solo malestar. Y más si lo que el autor refiere forma parte de la cotidianidad porque si para contar que suena un teléfono utilizamos todos los medios al alcance del escritor, ¿qué haremos cuando recibamos la noticia? Y es que, también en literatura, es poco efectivo matar moscas con cañonazos.