Este sábado a las 10:00 horas en Bibliocafé… aprendemos con los grandes maestros de la literatura. Sus particulares modos de dialogar, narrar y describir. El uso de las palabras, de las frases y de los párrafos. Sus consejos. Los secretos de algunas obras que perduran años o siglos.

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EL NUDO GORDIANO

La primera vez me dio asco. Quizá por su aspecto general, tan repeinadito, tan como recién salido de un país de hadas. Creo que fue la segunda vez, cuando… cuando le vomité encima. Me provocaba una náusea insoportable el hedor mentolado de su aliento, nunca he soportado los alientos mentolados, o el perfume de frasco pequeño de su cuello o de los sobacos. Me desbaraté sobre él como una borracha, aunque ahora que lo recuerdo, creo que iba bastante borracha. Para qué negarlo. Lo que sí sé seguro es que la tercera vez no había bebido, tampoco había comido, así que no me quedaba nada en el estómago, todo iba bien, estaba en ayunas, con algunas ganas de desmayarme, eso sí, pero reprimiéndome, hasta que lo escuché hablar. Joder. Cómo hablaba. Decía: brainstorming y ratio, y absolutamente brainstorming y absolutamente ratio y en el entorno del ratio y en el entorno del brainstomirng, y paradigmático y también pantagruélico. Y no supe quedarme quieta sin escupirle. No era yo la que escupía. Digamos que se trataba de un trastorno pasajero mientras él no cesaba de decir palabras cuya única virtud consistía en ponerme nerviosa. Palabras insoportables cuyos fonemas se aliaban para provocar reacciones de rechazo. Implementación. Sistémico. Shoping. No, no Chopín. Shoping. Recepcionar. Freelance, hipster, gordiano, performance… ¿Cómo no iba a escupir? Me salía sin querer. Chip. Chip. Chip. Lo rocié de arriba abajo.

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La cuarta vez fue distinto. La cuarta no habló. Quizá escarmentado por la tercera vez. Solo miraba. Miraba como… como por encima de los ojos. De sus propios ojos. Como si salieran de las cuencas y botaran sobre la gente. Pim. Pom. Pim. Pom. Qué hijo de puta. Sí. La cuarta vez sentí el irrefrenable deseo de matarlo. De acabar con los ojos saltarines que parecían elevarse a kilómetros y kilómetros de distancia. Así que me acerqué a su cuello, comencé a apretar, a apretar y a apretar hasta que fue cambiando de color, del encarnado a esa lividez que precede a la muerte. Me dio la impresión de que deseaba hablar. Y en el mayor acto de piedad de mi vida, aflojé las manos. Pensé que diría algo así como: «Claridad meridiana o el florido pénsil», pero solo dijo: «Me das asco», y después vomitó y me escupió e intentó matarme. Y ese día, ese día… por fin comprendimos que había llegado el momento de casarnos.

Y así acaba el cuento.

Las modas

Acojonante vídeo de Air Suply. No hay que perderse la camisa con el tigre del cantante, los pasajes en el tobogán, los árboles y los columpios (¿a qué iban las parejas a los parques?) y el falsete final. Qué malas son las modas.  Y qué hijo puta el tiempo.

DIARIO DE UN GILIPOLLAS QUE SUEÑA CON UNA APOPLEJÍA

Diario de un gilipollas que sueña con una apoplejía

No hay duda de que en el pasado me comporté como un gilipollas, tampoco he mejorado mucho, así que… no puedo esperar demasiado del futuro. Vago por las calles como un alma condenada, arrastrando las cadenas, y cuando duermo me atacan insólitas pesadillas como que sufro una apoplejía que me roba el habla, me retuerce las manos por las muñecas, agarrota mis dedos y me provoca una pronunciada bizquera.

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Me cago y me orino encima, me tienen que dar la comida y aún así me cuesta tragar. Ya he tragado bastante. La gente, mis amigos, se acercan a visitarme y hablan con ese tono melifluo e impostado que se emplea con los niños de tres años. Escuchar puedo escuchar de puta madre. Es lo único que no ha mermado: la capacidad auditiva. Al contrario. Se ha desarrollado de tal modo que puedo enterarme de lo que sucede más allá de las paredes. De las puertas. Puedo seguir las conversaciones de mis amigos cuando salen a la calle y dicen de verdad lo que han visto. El espantajo que se retuerce en la silla y babea. El espantajo que les provoca un asco cercano al vómito y que ya nunca regresará a ser el gilipollas sin futuro que vagaba por las calles como un alma en pena. Y en ese estado de escuchar un huevo y de hablar nada, se me ocurre una novela de puta madre. La mejor novela del mundo. La gran novela que he perseguido en mi gilipollez sin éxito a lo largo de una vida. Intento transmitírsela a uno de mis mejores amigos. El único en el que confío en esos instantes porque lo he escuchado llorar en la calle. Más allá. Cuando ha llegado a su casa. He seguido su rastro y he distinguido el sonido de sus lágrimas golpeando en la plataforma de la ducha y después en la cama me ha acompañado su rezo monótono vacilante, inseguro, porque siempre ha sido un férreo ateo. Así que cuando viene y me mira y sonríe y me coge la mano, intento que uno de mis dedos agarrotados se muevan para transmitirle con el roce que he escrito la obra maestra con tinta invisible. Pero tampoco se da cuenta. Y pasan los días. El sueño se transforma en un serial de capítulos aburridos con las ideas bullendo en mi interior y las lágrimas de mi gran amigo disipándose en la nada y los rezos apagándose al tiempo que la esperanza. Y un día, siento el sonido de la punta de un bolígrafo que rasga el papel allá en su casa. Siento que escribe: «Diario de un gilipollas que sueña con una apoplejía». Se me eriza la piel y creo que voy a llorar antes de descubrir que el sonido de sus trazos conduce a una verdad impía: el rasgo de una firma que conozco demasiado bien. Su firma.

Me despierto gritando: «¡Plagio!». Y por un instante me alegro de seguir siendo el mismo estrambótico gilipollas a quien nadie desea copiar.