Algo profundo

Quizá por la bendita influencia de esa película titulada Garganta profunda, nos hemos acostumbrado a profundizar más de la cuenta. Profundos son los ojos, profunda la mirada, profundo el dolor, los sentimientos, y profundas las palabras, las emociones, la amistad. También profundo es el respeto. Se respira profundamente y algo es más dañino si afecta en lo más profundo del ser. Profundizamos para entrar en materia y se estudian los asuntos en profundidad. Profunda es la aversión y profundo el aprendizaje. Y si queremos llegar más profundo podemos alcanzar las profundidades abisales. Así que el adjetivo ha adquirido ese valor enfático, manido e innecesario como sucede con el adverbio «absolutamente», y poco a poco se desdibuja porque no hay nada más absolutamente profundo que el verdadero significado de las palabras mal utilizadas.

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El tamaño no es importante

En una época en la que los minutos escasean y las personas ocupan la mayor parte de su vida en buscar «tiempo», la paradoja de que las novelas sean cada vez más voluminosas, demuestra de nuevo que este mundo solo se mueve por intereses económicos. Así sucede, cómo no, en esa sórdida relación que las editoriales mantienes con sus lectores. Con el criterio de una madre de antaño con su niño, el libro, cuanto más gordo, mejor. Mejor regalo y mejor precio. Y en un país en el que los índices de lectura caen cada año, puestos a abandonar a mitad, pues mejor también si en vez de cincuenta se han digerido seiscientas páginas.

Algunos de mis  alumnos acuden a los talleres contaminados por este principio de la «extensión predominante» y se encargan de emborronar folios y folios con descripciones y diálogos superfluos, acciones innecesarias, farragosas narraciones y secuencias de dudoso fin. El problema se agrava en estos casos cuando el escritor después de muchas horas de trabajo ventila la novela en apenas dos páginas. Con demasiada frecuencia este error se repite una y otra vez. El texto debe estructurarse de manera lógica. Lo más importante requiere más tiempo y más detalle que lo menos importante. Resulta obvio. Sin embargo, sucede muchas veces que el escritor olvida esta máxima y se recrea en aspectos irrelevantes para desgracia del lector.

La sencillez supone una de las cualidades de estilo que más valoro en una obra literaria. A la sencillez se llega tras muchos años de trabajo. La sencillez implica también economía de lenguaje y, sobre todo, concreción. Utilizar la palabra justa y eliminar los adornos innecesarios. La sencillez frente a ese estilo pomposo y grandilocuente cuyo único fin parece ser demostrar —erróneamente—, lo bien que escribe el autor, y que en demasiadas ocasiones viene acompañada de una pobreza expresiva alarmante.

DE REPENTE y de PRONTO

«De repente» y «de pronto», dos expresiones que de manera habitual se introducen en los textos de mis alumnos de escritura creativa. Dos llamadas con las que los autores reclaman la atención del lector, como si desearan advertirle de que algo va a suceder de inmediato. Dos recursos pobres para mantener la intensidad. Quizá, ese uso excesivo venga propiciado por cierta inseguridad en el proceso creativo. La idea subyacente de que lo escrito hasta el momento no ha despertado el interés necesario y por eso se requiere un cambio, el cambio radical que anticipa el «de repente». Me preguntaba un alumno ayer ante el diluvio de «de repentes y de prontos» a los que me vi sometido en los textos de esta semana, si se podía sustituir por «entonces». El «entonces» tan frecuente en las señoras mayores cuando cuentan sus historias al tiempo que nos dan golpecitos en el brazo. Pero el problema del «de repente y el de pronto», igual que el problema de ese «absolutamente» que se ha colado en todos los discursos, no es un problema de sustitución sino de eliminación. En la mayor parte de las ocasiones —me atrevería a decir que siempre—, el texto no pierde intensidad ni significado si se suprime. Hagan la prueba. Se darán cuenta de la inutilidad del recurso.

En una línea similar se encuentra el abuso de los puntos suspensivos y de las exclamaciones. Los puntos suspensivos son tres y se deben situar pegados a la palabra anterior y los signos de exclamación en castellano son el de inicio y el final. Se pueden combinar con los de interrogación, iniciando uno y cerrando otro según la tonalidad de la frase. Pero en ambos casos su exceso en la narración provoca solo malestar. Y más si lo que el autor refiere forma parte de la cotidianidad porque si para contar que suena un teléfono utilizamos todos los medios al alcance del escritor, ¿qué haremos cuando recibamos la noticia? Y es que, también en literatura, es poco efectivo matar moscas con cañonazos.

SOBRE PREMIOS LITERARIOS

SOBRE PREMIOS LITERARIOS

A menudo encontramos en revistas o en foros literarios alusiones despectivas a una literatura concursera, amateur, considerada de segunda fila. O, en el extremo contrario, tan reflexiva que supone un tostón irremediable al alcance de pocas mentes privilegiadas. En ambos casos, una literatura al margen de la «gran literatura», la única, la profesional, la auténtica, la que puebla las baldas de los kioscos de las estaciones de Metro, de los aeropuertos, de los hipermercados u ocupa el lugar de privilegio en las librerías o cadenas de librerías del país. Este desprestigio origina situaciones tan absurdas como la protagonizada por cierto escritor que en el acto público de presentación de su novela se jactaba de no haber ganado jamás un premio, lo cual esgrimía como un argumento de honradez y de calidad.

A lo largo de mi  vida he participado en muchos concursos y me he sumergido en ese mundo donde, por desgracia, en ocasiones predominan los intereses políticos o económicos sobre los culturales. He conocido a grandes escritores, he encontrado buenísimos amigos. He leído obras excelentes que jamás accederán a los escaparates del mundo civilizado. He aprendido que conceptos como «calidad» o «literatura con mayúsculas», son  términos subjetivos que solo sirven para alimentar una polémica que forma parte de ese juego perverso tras el que se esconde el afán de unas sociedades anónimas cuyo único objetivo es aumentar sus cuentas de beneficios.

Diseccionar en grupos la literatura supone crear bandos para que se mantenga alerta esa necesidad humana que es el espíritu combativo sin el que cualquier aspecto, al parecer, carece de interés.

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Pero se trata de una distinción ficticia. No existe una literatura de concursos. En cada premio hay un jurado y cada miembro de este, goza de sus propias preferencias. Unos son incapaces de leer a Joyce, Faulkner o a Perec, otros aman las novelas de aventuras, siguen considerando el género negro como menor, o se sienten atraídos por la ciencia ficción o las historias románticas. Los jurados proceden de los más diversos ámbitos. Están compuestos por escritores, profesores, catedráticos, miembros de la RAE, editores, aficionados a la lectura, libreros, críticos literarios, representantes de asociaciones… Y cada uno de ellos vota. Previamente, si se la participación ha sido elevada, un jurado de preselección elige las obras finalistas. Un jurado de preselección con distintas preferencias. Con infinidad de predilecciones independientes. Del mismo modo que no existe un jurado estándar, resulta bastante obvio que tampoco existirá una forma de escribir  para acceder a premios.

La mayoría de autores que ganan de manera habitual estos concursos piensa que no hay recetas para alcanzar el triunfo.

Como afirma la escritora Juana Cortés:

«Los autores que conozco que han ganado muchos premios tienen cada uno de ellos su estilo propio y su propio método de escritura, y todos ellos son muy diferentes entre sí. Incluso a veces, opuestos».

Pero sí no existe un método, una determinada manera de escribir, por qué hay escritores que ganan de reiteradamente? ¿Dónde está el secreto?

«El único secreto que existe es el que señalaba Ezra Pound (y suele citar Marsé), cuando decía que el esmero en el trabajo es la única moral del escritor. Escribir lo mejor posible, trabajar al máximo y corregir lo necesario. Y, junto con eso, tener suerte y dar con un jurado cuyos valores, obsesiones y preferencias coincidan en parte con los tuyos».
Fernando Villamía

«Como dice Roger Wolfe: “Alma y cojones”, pero por separado no vale. Yo creo que ese es el secreto del Arte en general. Y si te piden que lo expliques, entonces se desvae. ¿Existe desvae? Pues eso: Se desvae.

Miguel Sánchez Robles.

 

Por su parte, el escritor jienense Fernando Martínez, aborda el tema de una manera práctica y aconseja: «Corrección ortográfica y sintáctica, narrativa fluida pero culta, argumentos interesantes, principios que enganchen y finales que sorprendan o que dejen un poso duradero».

Para Manuel Terrín Benavides que ostenta el récord de galardones literarios en el mundo: «el único secreto es el trabajo y las cualidades innatas de cada cual» 

Naturalidad, corrección, cualidades, suerte… Trabajo y más trabajo. Si consideramos que nos movemos en un escenario donde todo es limpio —sabemos que no siempre lo es—, que el sistema de plicas mantiene el anonimato de los autores, que los jurados desconocen quién se esconde tras cada obra y carecen de preferencias a priori, solo existe un motivo por el cual un autor gane de manera reiterada: que la obra interesa a los miembros de los jurados de preselección y a los miembros de lo jurados finales.

 

«Probablemente la cualidad más relevante y que más agradezco como jurado de un premio es la originalidad. El número de obras que se presentan a un determinado certamen es por lo común muy holgado, lo que permite constatar con cierta facilidad el hecho de que una gran mayoría guardan una similitud más que notable en sus rasgos esenciales, tanto estilística como temáticamente. De ahí que el autor capaz de destacarse de entre ese magma, de sobresalir con una voz propia y genuina, cuente con mi aprecio, porque es revelador de un talento poco frecuente».

Javier Ortega

Esa voz propia y genuina es el estilo. El estilo es la personalidad, el modo particular de cada cual para contar las historias. Ese estilo se forma poco a poco, gracias a las influencias de otros escritores o, en raras ocasiones, por propia iniciativa sin que existan huellas que lo hayan marcado. De una u otra forma, un escritor siempre va en busca de su estilo, de ese estilo que lo diferencia del resto, y esa búsqueda es una búsqueda constante y permanente a lo largo del tiempo. Porque la única receta válida para ganar premios es tomar la literatura muy en serio e intentar escribir cada vez mejor.

Y aunque escribir bien es un concepto tan amplio como subjetivo, a lo largo de los años la experiencia docente me ha permitido detectar una serie de errores comunes entre los escritores principiantes que suponen un lastre para la comprensión de las historias planteadas. Por eso, la segunda parte de la obra, incide en las técnicas de narrativa. Escribir, como cualquier actividad, se puede aprender aunque requiera en efecto unas cualidades innatas como apuntaba Manuel Terrín y, sobre todo, mucho esfuerzo. Un esfuerzo que no es baladí. Un esfuerzo que supone equivocarse muchas veces. Rectificar. Volver a equivocarse. Volver a rectificar.

Y perder.

Porque lo corriente es que antes de ganar haya que sufrir un traspiés tras otro.

«A los escritores que empiezan les diría que los premios literarios, entendiendo por ello a los jurados, no son infalibles, y que no se desmoralicen si sus relatos no resultan premiados, pues eso no significa que sean malos».

 

Félix J. Palma.

Los escritores premiados no ganan cada vez que se presentan. Acumulan a sus espaldas una buena giba de derrotas, penosas, que podrían haberlos hundido en la apatía; pero no es concursar lo que les alienta, sino escribir, escribir y escribir, siempre, suceda lo que suceda, con triunfos o sin triunfos. El verdadero gozo es el sangrante proceso, esa deriva creativa que nos mece a su antojo sin saber muy bien adónde culmina.

En palabras del escritor hebreo, Amos Oz, premio Príncipe de Asturias: «Los premios literarios son algo extraño porque se reciben por algo que yo haría de todas formas. Yo inclusive hubiese pagado por escribir. No es un premio por haber rescatado a una mujer de las llamas de un incendio; es como si me hubiesen dado un premio por el mero hecho de respirar. Pero está muy bien, me siento autocomplacido. Además no está nada mal para mi cuenta bancaria…».

 

Esta debe ser la primera premisa: que al margen de lo que suceda en el exterior, el mundo interno permanece vivo, bullente, en un proceso de cambio continuo, en desequilibrio, siempre dispuesto a la búsqueda. El reconocimiento externo supone un añadido que seguramente llegará con la perseverancia del trabajo bien encaminado. «Al buen hacer jamás le falta premio», decía Cervantes. Y lejos de autopublicaciones, agentes literarios o portazos editoriales, participar en estos concursos, supone una buena manera de dar a conocer los textos de quienes se inician en las letras.