DIARIO DE UN GILIPOLLAS QUE SUEÑA CON UNA APOPLEJÍA

Diario de un gilipollas que sueña con una apoplejía

No hay duda de que en el pasado me comporté como un gilipollas, tampoco he mejorado mucho, así que… no puedo esperar demasiado del futuro. Vago por las calles como un alma condenada, arrastrando las cadenas, y cuando duermo me atacan insólitas pesadillas como que sufro una apoplejía que me roba el habla, me retuerce las manos por las muñecas, agarrota mis dedos y me provoca una pronunciada bizquera.

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Me cago y me orino encima, me tienen que dar la comida y aún así me cuesta tragar. Ya he tragado bastante. La gente, mis amigos, se acercan a visitarme y hablan con ese tono melifluo e impostado que se emplea con los niños de tres años. Escuchar puedo escuchar de puta madre. Es lo único que no ha mermado: la capacidad auditiva. Al contrario. Se ha desarrollado de tal modo que puedo enterarme de lo que sucede más allá de las paredes. De las puertas. Puedo seguir las conversaciones de mis amigos cuando salen a la calle y dicen de verdad lo que han visto. El espantajo que se retuerce en la silla y babea. El espantajo que les provoca un asco cercano al vómito y que ya nunca regresará a ser el gilipollas sin futuro que vagaba por las calles como un alma en pena. Y en ese estado de escuchar un huevo y de hablar nada, se me ocurre una novela de puta madre. La mejor novela del mundo. La gran novela que he perseguido en mi gilipollez sin éxito a lo largo de una vida. Intento transmitírsela a uno de mis mejores amigos. El único en el que confío en esos instantes porque lo he escuchado llorar en la calle. Más allá. Cuando ha llegado a su casa. He seguido su rastro y he distinguido el sonido de sus lágrimas golpeando en la plataforma de la ducha y después en la cama me ha acompañado su rezo monótono vacilante, inseguro, porque siempre ha sido un férreo ateo. Así que cuando viene y me mira y sonríe y me coge la mano, intento que uno de mis dedos agarrotados se muevan para transmitirle con el roce que he escrito la obra maestra con tinta invisible. Pero tampoco se da cuenta. Y pasan los días. El sueño se transforma en un serial de capítulos aburridos con las ideas bullendo en mi interior y las lágrimas de mi gran amigo disipándose en la nada y los rezos apagándose al tiempo que la esperanza. Y un día, siento el sonido de la punta de un bolígrafo que rasga el papel allá en su casa. Siento que escribe: «Diario de un gilipollas que sueña con una apoplejía». Se me eriza la piel y creo que voy a llorar antes de descubrir que el sonido de sus trazos conduce a una verdad impía: el rasgo de una firma que conozco demasiado bien. Su firma.

Me despierto gritando: «¡Plagio!». Y por un instante me alegro de seguir siendo el mismo estrambótico gilipollas a quien nadie desea copiar.

La mejor manera de aprender a escribir

A escribir se aprende leyendo. Esto resulta una obviedad, cierto. Embeberse del estilo de los grandes autores, ayuda. También supone un estímulo gracias a esa tendencia a la imitación de aquello que nos gusta. Intentar parecerse a nuestros literatos predilectos no supone un desacato siempre que las influencias se tamicen por el filtro de la propia personalidad. Como en un vaso de cócteles cuyos ingredientes sean las aportaciones de los clásicos junto al yo del autor.  Una mezcla homogénea que irá cambiando de sabor de manera paulatina a medida que se añadan nuevos componentes. Pero a menudo, encuentro en los talleres alumnos tan atraídos por sus autor de referencia que la imitación se transforma en algo similar a una parodia. No existe nada de sí mismos en el texto. Como si los hubieran abducido. Un problema que se corrige con trabajo. Porque a escribir también se aprende escribiendo. La práctica aportará ese ingrediente que falta en la mezcla para dotarla de homogeneidad. Influencias posteriores la enriquecerán sin variar su esencia.

En los talleres de escritura se trabaja mucho el estilo; pero, quizá, además  de las nociones teóricas, de las lecturas o la escritura en soledad, una ayuda imprescindible sea el trabajo de corrección sobre el propio texto pues permite al alumno descubrir sus vicios y errores frecuentes.         9075996934695939

De gira por el mundo

Una vez más, el viernes pasado pudimos disfrutar todos juntos de una nueva edición de Teatro de Lecturas. Por suerte, como viene siendo habitual, se agotaron las plazas. En esta ocasión me acompañó Mario García cuya interpretación de un entrevistador muy particular quedará en el recuerdo de la gente durante bastante tiempo. Respondiendo a vuestras preguntas, en breve, repetiremos con nuevas entrevistas intercaladas con piezas. Estad atentos y gracias por vuestro apoyo.

 

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